Muntaner, 177 08036, Barcelona  93 159 39 69        lunes - sábado 9:00 - 21:00 h.

OBESIDAD Y DIABETES, LA NUEVA EPIDEMIA

Obesidad y diabetes, la nueva epidemia

En todo el mundo, estamos acosados por la globalización de la alimentación. Una mala alimentación que tiene un impacto directo en nuestra salud. El resultado: La obesidad y la diabetes se están globalizando tan rápido como las hamburguesas y las bebidas gaseosas azucaradas.

En cualquier parte del mundo, la dieta influye en la salud. Según la OMS, tenemos por un lado un 13% de la población mundial que sufre de desnutrición, y por otro, las enfermedades como la obesidad y la diabetes que ya están cogiendo forma de epidemia y que afecta al planeta de Norte a Sur. De forma que, el 30% de los estadounidenses son obesos y un 65 % tiene sobrepeso. En Suiza, un tercio de los niños y adolescentes sufren sobrepeso. Respecto a la diabetes, la OMS estimaba 30 millones de personas con diabetes en todo el mundo en 1985, 135 millones en 1995 y 177 millones en 2000. Las previsiones no son optimistas, pues se espera alcanzar los 300 millones en 2025.

Para entender cómo hemos llegado hasta aquí, no hay que olvidar que nuestra comida, que está evolucionando constantemente, ha cambiado drásticamente en las últimas décadas. Desde hace más de treinta años, miles de productos se han lanzado al mercado, tres cuartas partes los ha creado la industria alimentaria. A través de un proceso de industrialización, asistimos a un proceso de uniformidad y la estandarización de los alimentos, hemos acabado comemiendo los mismos productos en todo el planeta.

La mala alimentación no es sólo una cuestión de la dieta, sino también de la forma en que se producen nuestros alimentos. En los años 70, la «revolución verde» dio como resultado la sustitución de miles de semillas tradicionales por unas cuantas semillas de alto rendimiento. Y poco a poco, se ha ido estableciendo un nuevo sistema en el que la producción de alimentos se organiza a escala regional, nacional e incluso mundial.

La agricultura actual es una industria hyperproductiva. Pero con este método de cultivo se daña el suelo: cada año, de 5 a 6 millones de hectáreas de tierras de cultivo en todo el mundo son abandonadas porque estaban demasiado o mal explotadas. Mientras tanto, la cría de ganado, el cultivo y la pesca se practican en un modo cada vez más intensivo. El uso excesivo de los recursos, tiene otras consecuencias negativas que todos desgraciadamente conocemos, como las dioxinas del pollo, las vacas locas, los pescados afectados por metales pesados, la contaminación de acuíferos por purines, por citar algunas de las más conocidas.

Todos estos cambios introducidos en nuestra dieta permiten un mejor rendimiento económico, pero también conducen a una estandarización de los productos y la pérdida de los recursos genéticos. Al reducir la gama de cultivos, y los métodos de cultivo ponemos en peligro el 60 % de las especies de plantas en Europa. Todos los días, según la Unión Europea, un centenar de especies desaparecen a causa de la erosión del suelo y métodos de la agricultura industrial. Sin embargo, estas especies que se extinguen, son el resultado de un gran trabajo de selección, durante siglos, miles de variedades locales de plantas y animales han enriquecido el capital genético del mundo.

Como ejemplo para ilustrar la amenaza que representa esta carrera por el rendimiento económico, son los monocultivos y la ganadería intensiva. En la prehistoria, los humanos tenían alrededor de 400 plantas disponibles para su alimentación. Hoy conocemos 30,000 especies de plantas que podamos comer, pero sólo 29 especies proporcionan el 90% de la comida. Sólo, el trigo, el arroz y la soja representan el 75 % de la oferta mundial de cereales. Otro ejemplo están las manzanas. Existían casi 1.000 variedades a principios de siglo, quedando hoy unas pocas docenas, y de ellas la manzana Golden supone el 80% de la producción
En Grecia, el 95 % de las variedades de trigo cultivadas antes de la Segunda Guerra Mundial ya no existen. Pasa lo mismo con el arroz: una sola variedad coloniza dos tercios del arroz el sudeste de Asia, mientras que más de 100.000 variedades han sido identificadas por el Instituto Internacional de Investigación del Arroz en Filipinas. Y podríamos multiplicar los ejemplos casi hasta el infinito.

Cultivos más vulnerables

No vamos a hablar de los cultivos genéticamente modificados. Pero otra consecuencia de la normalización o estandarización es que las variedades seleccionadas por su rendimiento están muy cerca las unas de las otras. De este modo, los agricultores de todo el mundo han optado por trigos mexicanos de alto rendimiento, pero las grandes superficies plantadas de genotipos similares o idénticos han hecho que estos cultivos sean más vulnerables a las epidemias o las condiciones atmosféricas.
El cultivo a gran escala de plantas genéticamente uniformes, por lo tanto, supone el riesgo de perderlo todo durante una sequía o al sufrir el ataque de un virus, lo afecta a la calidad de la oferta y marca el declive de las tradiciones agrícolas locales. Y obliga a los agricultores a utilizar una gran cantidad de productos químicos, par protegerlos.

La globalización, supone por lo tanto la disponibilidad de más y más alimentos pero cada vez más similares y vulnerables. Este fenómeno ha cambiado nuestra conducta alimentaria y que a su vez se ha visto favorecido por el cambio de nuestro estilo de vida, por nuestros horario y por la pérdida de algunas costumbres, como es comer en una mesa con la familia o los amigos.

Algunos indicadores por suerte abren la esperanza a que este fenómeno no sea ireversible. La comida no es una mercancía como cualquier otra. Está íntimamente ligada a nuestra identidad cultural. Este es uno de los elementos fundamentales de un patrimonio nacional, regional o local. ¿Esta es la razón por la que los más ardientes defensores de los gustos y sabores no dudan en comparar la normalización de los alimentos a un genocidio cultural.

Resistiendo a la estandarización

A diferencia de Estados Unidos, la Unión Europea promueve y defiende las denominaciones de origen, etiquetas que indican del origen geográfico de los productos. Esto permite mantener una mayor diversidad genética y promueve las variedades locales. Los productos locales están cargados de valores (como el suelo, el sol y la lluvia), sino también el know- how y la memoria del lugar. Son los alimentos llenos de historia. En varios países europeos, como Francia, Italia, suiza y España, existe un crecimiento real de estos productos auténticos, lo que evidencia que en estos países hemos podido salvar parte de la cultural local.

La biodiversidad es otra respuesta a la globalización. Incluye todas las especies de plantas y animales que viven en un ecosistema, la multiplicidad de entornos naturales que ofrece un paisaje y la diversidad genética dentro de una especie. El ser humano es totalmente dependiente de ella, pues no sólo se alimenta, sino que extrae principios activos para los medicamentos, materias primas, etc.

A pesar de sesenta años de erosión, la biodiversidad todavía sobrevive en el campo, donde hay campesinos que están trabajando para salvar sus variedades para producir sus propias semillas. Este gesto, que era natural y normal hace menos de un siglo, es hoy objeto de una batalla, en Francia, por ejemplo, la ley complica esta práctica. Sin embargo, la semilla es el primer eslabón de la cadena alimentaria.

La biodiversidad también sobrevive en África, Asia o América Latina, donde desde tiempos inmemoriales, los agricultores siguen cultivando una diversidad de plantas y crían diferentes variedades de animales para su propio consumo, pero también para protegerse contra el riesgo de enfermedades o de sequías.

Hay un tercer grupo, los desaparecidos.

Otra forma de invertir esta tendencia es con el desarrollo de soluciones como
la agricultura ecológica, que respeta el equilibrio ecológico y la autonomía de los agricultores. Se practica en un centenar de países, entre ellos Australia, que puede presumir de la mayor superficie de agricultura orgánica.

Todos estos técnicas de cultivo ecológico son desgraciadamente a priori más costosas que la producción industrial, entre otras cosas porque en la industrial no se imputan todos los costes reales de su producción, como son la contaminación acuíferos y de los suelos, y a su vez reciben subsidios de los estados. Esto conlleva que una buena caloría desgraciadamente, cueste más que una mala. Y por tanto, los más frágiles económicamente hablando no tienen acceso a una alimentación sana, variada y sabrosa, y son estos grupos sociales en los que la obesidad y la diabetes esta creciendo con más fuerza.

Si proporcionamos a nuestro cuerpo materias primas de mala calidad y siempre comemos los mismos alimentos, hemos esperar que nuestra salud se vea afectada y que suframos deficiencias. Esto es lo que le sucede a un número cada vez mayor de personas. Por el contrario, «podemos hacer que nuestra comida sea nuestra primera medicina» , como dijo Hipócrates, el padre de la medicina, cuatro siglos antes de nuestra era.

Variando nuestra alimentación, aprovechando la increíble diversidad de alimentos existentes, aumentamos nuestro bienestar, mantenemos un peso corporal saludable y nos protegemos de algunas enfermedades crónicas. Por eso en OBBIO encontraras la mayor oferta de productos, fruta y verdura ecológica y al mejor precio para que nadie quede excluido. En OBBIO queremos ayudarte a proteger tu capital salud, porque por mucho que hayan avances en la medicina, siempre será más fácil prevenir la enfermedad que curarla.

Categorías: CONSEJOS OBBIO

Los comentarios están cerrados.